miércoles, 18 de febrero de 2015

GLOBALIZACIÓN Y ALASITA.

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ARTESANOS DEL PERÚ Y BOLIVIA PARTICIPAN EN LA FERIA DE LAS ALASITAS.
En el evento se pueden hallar eventos en miniatura. La tradicional “Feria Internacional de las Alasitas”, que se desarrolla en la Región Puno, congrega a unos 400 artesanos de Perú y Bolivia, para comercializar una amplia variedad de diminutos objetos. El Pasacalle del Ekeko, es el personaje central. El Ekeko en su recorrido entregó réplicas de billetes al público como signo de “buena fortuna”, mientras que los asistentes recorren unos 40 stands, donde encuentran réplicas diminutas de autos, aviones, casas, dinero, alimentos, artefactos eléctricos, muebles, etc. Esta fiesta y artesanía productiva nacional andina, presente en Bolivia y Perú, cimentada en regiones y ciudades andinas, donde por supuesto ya está presente la globalización con todos sus mecanismos, herramientas y tendencias culturales actuales; con respecto a la globalización, como es que sigue ganando mercados, en escenarios que hasta entonces eran copados por la llamada globalización cultural – imperialismo cultural u occidentalización del mundo -. Por qué sobrevive, e incluso de mantiene indisoluble en el tiempo y además va ganando mercados, es producto de una práctica productiva andina es parte del desarrollo de la economía local, del desarrollo local, que busca dentro de un proceso nacional, consolidar las economías locales, pero además este proceso de fortalecimiento local, con visión regional, nacional, está directamente relacionado con la población productiva comprometida directamente con esta producción en miniatura y además se consolida con las practicas de fiestas populares, muy fuertes en la cultura local y parte de la identidad cultural colectiva. Aquí es donde descansa su fuerza, capacidad de sobrevivencia, calidad productiva local-nacional. No es un producto más, es parte de la cultura local y nacional y su fuerza de desarrollo está directamente relacionada con las prácticas culturales y las diversas formas de resistencia cultural propia de los países en desarrollo. Pero además donde el desarrollo local-regional es fuerte, positivo y altamente valorado en perspectiva nacional y su buen posicionamiento en el mercado global.

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GLOBALIZACIÓN Y ALASITA.

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Carlos Toranzo Roca.

Diario Página siete miércoles 18 de febrero del 2015.

Para el ch’aqui de Carnaval. Muchos entienden que la globalización en el plano cultural conduce inexorablemente a una homogeneidad que iguala a todo  el mundo. Se postula que  buena parte del globo usa Nike, que oye música en Sony, que se desplaza en Toyota, que se afeita con Gillette, que ve CNN o que tiene la mala costumbre gastronómica de comer hamburguesas McDonald’s.

Quienes plantean todo esto, por supuesto que tienen una buena cuota de verdad, pero  es necesario ver también que junto a esas tendencias hacia la homogeneización existe un impulso hacia la diferenciación.

No en vano la globalización está acompañada de la localización, de la reafirmación de lo local y, lo que es más importante, de la revalorización   de las distintas identidades culturales. Hoy, más que ayer, se reafirman los catalanes como catalanes, los vascos como vascos, etcéteras más etcéteras.

En el mundo globalizado del presente se puede ser universal y, simultáneamente, reafirmar y revalorizar las identidades propias. No en balde buena parte de los nuevos desafíos de la generación de una   ciudadanía plena es   el respeto por la cultura y las identidades de todos. Es decir, que esas épocas de    creer en que se podía  estandarizar   las culturas y   las personas ya han pasado; no obstante, no deja  de haber tendencias hacia muchas homogeneizaciones.

En La Paz, ni los Nike, ni Toyota   ni otros sellos de la globalización han podido apagar una costumbre tan tradicional como la Alasita; más bien y risueñamente podríamos decir que el culto al Ekeko o al dios de la Abundancia se ha "globalizado” en nuestra ciudad.

A nadie extraña que se dé la bendición a los billetitos y a las demás miniaturas no sólo en la plaza Murillo, sino también en San Pedro, en Chasquipampa, en El Alto, en Villa Fátima, en Villa Armonía, en Obrajes y hasta en San Miguel, en pleno sur de una ciudad  que parecía estar más cerca de Nike que del Ekeko.

Así pues, a pesar de la mencionada globalización, es posible que algunos datos de la cultura, llamémosle tradicional, se mantengan y se expandan, en especial algunos como el de la Alasita, que tienen una marca de combinación de culturas, de sincretismo religioso que no deja de reflejar bien lo que es una sociedad tan diversa   y pluri-multi como la nuestra.

Pero, es obvio que la tradición se conserva y hasta expande, pero siempre modificándose; conserva algo del pasado y suma cosas nuevas, ahora chinas. Es de ese pasado no muy lejano que me llegan algunos recuerdos: ir a las "Alasas” no sólo me conducía a perder mi tiempo y mis pocos billetitos reales, -sacados de mi alcancía con figura de unos   Quevedos  de la época-, jugando a la lota o peleando duro en varios partidos de canchitas, sino que también me empujaba la curiosidad de la niñez para ver a uno de los mejores puestos que ponía en San Pedro una chola que la apodaban la  Llanta Baja;  chola llena de aretes rebosantes de perlas, de mantilla de vicuña con grandes topos de oro.

Hablo de las   épocas en que la  Tía Núñez  paseaba por el centro de la ciudad haciendo gala del exceso de maquillaje. En el puesto de esa chola desfilaban las mejores masitas de la ciudad; comprar un cartucho de ellas era el inicio del placer de saborear masitas de alta calidad, hasta mejores que las que se hacían en la Ópera.

Pero, no sólo había masitas, sino que también estaban colocadas las mejores frutas de la estación, uvas dulces de Luribay, con las que se hacía el pisco Ormachea; los sabrosos   higos de Río Abajo, que al madurarse derramaban una   miel dulzona.
Los sabrosos duraznos de   Luribay que dieron lugar a una canción: "Luribay durazno, viditay, perchicur untata …”.  En fin, en el pasado ir a la Alasita y no mirar a la Llanta Baja era un pecado.

Pero, tan pecado era para los niños no ir a los puestos de pinquillos, pero no por una sed musical, sino porque ahí se vendían los sopletes, esas fieras armas que servían para atacar   a cuanto t’usu veíamos por delante.

Había dos modalidades: los que debía ser usados con arvejas -arma letal para las pantorrillas- y los otros para ser utilizados con papel masticado. Cualquier mujer paceña que haya pasado los 30 años tendrá memoria dolorosa de esas épocas de las Alasas.

Pero, ellas mismas y nuestros padres recordarán con buena memoria gastronómica que ahí mismo,   en las Alasas,  se podía comer   uno de los mejores platos paceños de la ciudad, con choclos frescos de Valencia y Mecapaca; hablo de esos pequeños choclos, cuyos  huiros   eran una delicia chuparlos, deporte que con la globalización parece haberse perdido. Así que amigos de La Paz o del país, si están pensando cómo integrarse a esta difícil época de la globalización, habría sido bueno que vayan a las Alasas. Si no compraron sus billetitos y no los bendijeron por las dos religiones, es posible que el desempleo o que la flexibilización laboral los pille y tengan épocas k’enchas.

Carlos Toranzo Roca es economista.


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