lunes, 12 de enero de 2015

LA MAYOR MANIFESTACIÓN EN LA HISTORIA DE FRANCIA.- NUEVAS RESTRICCIONES TRAS EL ATAQUE EN PARÍS.-

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HUMORISTAS CONTRA RACISTAS.

Un grupo de caricaturistas franceses y francófonos publicó ayer un volante contra el nuevo movimiento islamófobo alemán Pegida, que prevé realizar hoy una “marcha de luto” en la ciudad de Dresde en homenaje a las víctimas de los atentados en Francia. “Rechazamos que Pegida quiera utilizar la memoria de nuestros colegas”, dijo uno de los organizadores del volante. Los organizadores de Pegida (Europeos Patrióticos contra la Islamización de Occidente), que realizan una concentración todos los lunes en Dresde, instaron a sus seguidores a llevar un crespón de luto tras el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo en París, que dejó doce muertos. Los caricaturistas franceses consideraron que Pegida representa todo contra lo que lucharon sus colegas de Charlie Hebdo. Entre los firmantes de la petición está el holandés Willem, uno de los fundadores de la revista francesa, que no se encontraba en la publicación en el momento del ataque


Esta foto de los cerca de 50 líderes políticos de todo el mundo que participaron en la marcha de apoyo al pueblo francés contra el terrorismo se convirtió en una imagen simbólica de este histórico día que reunió al menos 3,7 millones de personas en toda Francia, informa 'Huffington Post'.

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BAJO UNA MISMA CONSIGNA.

La Marsellesa cantada en Madrid, la bandera francesa ondeó en Londres, “juntos contra el odio” gritaron en Bruselas y pancartas en Montreal dijeron “Somos Charlie”. Millones se manifestaron en el mundo en solidaridad con las víctimas de los atentados en Francia. En Montreal, unas 25 mil personas desafiaron el gélido clima y marcharon junto a su alcalde, Denis Coderre, y el cónsul francés Bruno Clerc, enarbolando pancartas con la leyenda Je suis Charlie (“Yo soy Charlie”) y ondeando banderas canadienses y francesas. En octubre, Canadá también fue víctima de dos atentados extremistas realizados por jóvenes con ideas islamistas.
En Bruselas marcharon unas 20 mil personas. “Estamos expresando nuestro compromiso con la libertad de pensamiento y de expresión, dentro del respeto al otro; eso es muy importante”, dijo el caricaturista belga Philippe Geluck. Bajo la misma consigna, otros 12 mil manifestantes se reunieron en Viena, mientras en Berlín unos 18 mil más –convocados a través de las redes sociales– acudieron a la embajada francesa para expresar su solidaridad con las víctimas de los ataques, portando pancartas con el lema Berlin ist Charlie (“Berlín es Charlie”) o “Superar el terror”.
Un grupo de musulmanes se reunió en la Estación de Atocha, donde en 2004 se produjo un ataque jihadista en el que murieron 191 personas. En Londres, cerca de dos mil personas se concentraron en Trafalgar Square portando lápices y pancartas de Je suis Charlie. “Hoy, Londres y París están unidos en el dolor, en la indignación, pero también en la determinación de luchar por la libertad”, dijo el alcalde de la ciudad, Boris Johnson. Las expresiones de apoyo a Francia atravesaron los océanos y las fronteras desde Burundi hasta Buenos Aires (ver página 6) y
Washington, donde varios cientos acompañaron en una marcha silenciosa al embajador francés Gérard Araud, portando el mensaje We are Charlie. “Estoy aquí a petición de los franceses en Washington porque, como yo, ellos están frustrados de ver a su país encarando tan difícil crisis desde tan lejos”, expresó el diplomático.

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François Hollande–, de Benjamin Netanyahu, de Abdallah II de Jordania. Sin embargo, una imagen fuerte se impone a las demás: la presencia, a la cabeza del cortejo parisino y apenas separados por cuatro dirigentes políticos, del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas. Junto a ellos también caminaron el presidente francés, François Hollande; la canciller alemana, Angela Merkel; el primer ministro británico, David Cameron; los primeros ministros de Portugal, Bélgica, Grecia y etc. etc.;
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LA MAYOR MANIFESTACIÓN EN LA HISTORIA DE FRANCIA.
Casi cuatro millones de personas marcharon en todo el país contra la violencia fanática y por la Libertad. Un millón y medio en París.
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El equipo de Charlie Hebdo que sobrevivió al ataque abrió la movilización ciudadana. No faltaron los que eran adeptos al semanario ni quienes lo detestaban. Se trató de una mayoría republicana, multiconfesional, contra una minoría enceguecida.

Eduardo Febbro.

Página/12 En Francia
Desde París lunes 12 de enero del 2015.
No cabe en las cuentas, en las estadísticas, en los métodos para contarlos: sólo cabe en las páginas de la historia política del siglo XXI. París desapareció bajo la multitud que desbordó sus calles, sus bulevares, que pobló de miles y miles de dibujos y slogans el recorrido que une la Plaza de la República con la Plaza de la Nación. La prefectura de París no pudo establecer un conteo coherente de las personas que inundaron la capital unidas en un sentimiento transparente de pertenencia a una raíz común, la libertad. Casi cuatro millones de personas desfilaron en toda Francia, un millón y medio en París, por la libertad de expresión y contra el terrorismo. Nunca visto, un episodio masivo e inédito, tejido de silencios, aplausos, lágrimas, respeto y emoción. La mayoría republicana, multiconfesional, contra una minoría enceguecida. “No en mi nombre”, dice un cartel que un manifestante musulmán levanta sobre su cabeza. “No hay libertad sin coraje”, dice otro. “Estoy de duelo, no en guerra”, clama un tercero. Sobre el suelo de la Plaza de la República alguien escribió: “Hizo falta que ocurriera lo que pasó en Charlie Hebdo para que nos sintiéramos unidos. Continuemos”.
No faltó nadie en esta movilización ciudadana. Ni los que eran adeptos del semanario Charlie Hebdo ni quienes lo detestaban. Las escenas de la capital francesa se repitieron en todas las ciudades del país, en las localidades pequeñas o grandes. Sólo la presencia de incómodos responsables políticos venidos de varias partes del mundo puso una nota paradójica a esta marcha por la libertad. Entre los 60 jefes de Estado o de Gobierno que viajaron a París había mastodontes de la antidemocracia, reyes de la opresión, representantes del amordazamiento de la libertad de la prensa o políticos con las manos sucias por la corruptela: Mariano Rajoy, el presidente del gobierno español; el primer ministro Turco, Ahmet Davutoglu; Ali Bongo, el presidente de Gabón, gran perseguidor de las libertades públicas; Viktor Orban, el jefe del gobierno húngaro conocido por sus leyes restrictivas contra la libertad de la prensa; el rey Abdallah II de Jordania –otro eximio estrangulador de la libertad de expresión– o Sameh Choukryou, el canciller de Egipto, representante de un Estado que es la perla negra de la represión política.
El equipo de Charlie Hebdo que sobrevivió al ataque abrió la marcha. A muchos, como al dibujante Luz, les hubiese gustado salir a la calles con caricaturas de Nicolas Sarkozy –estaba en primera línea, no lejos de François Hollande–, de Benjamin Netanyahu, de Abdallah II de Jordania. Sin embargo, una imagen fuerte se impone a las demás: la presencia, a la cabeza del cortejo parisino y apenas separados por cuatro dirigentes políticos, del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas. Junto a ellos también caminaron el presidente francés, François Hollande; la canciller alemana, Angela Merkel; el primer ministro británico, David Cameron; los primeros ministros de Portugal, Bélgica, Grecia; el presidente de Mali, Ibrahim Bubacar Keita, y el secretario de Justicia de EE.UU., Eric Holder, quien declaró: “Hoy somos todos ciudadanos franceses”. Más realista, David Cameron admitió que “la amenaza jihadista estará entre nosotros durante muchos años”.
El ex presidente norteamericano George W. Bush respondió con bombas e invasiones a los ataques del 11 de septiembre (Afganistán e Irak). La sociedad francesa, con la fuerza colectiva y lápices elevados hacia el cielo. Bruno Le Maire, un ex ministro de Agricultura de la derechista UMP, comentó: “Hoy los franceses dicen que esto no puede continuar. Son nuestros hijos a quienes mataron, son el producto de nuestra sociedad”. La otra imagen fuerte de este día histórico fueron las lágrimas y los abrazos en plena calle que intercambiaron Hollande con Patrick Pelloux, doctor y redactor del semanario satírico que salvó su vida porque llegó tarde a la reunión de redacción, y fue el primero en socorrer a las víctimas. “Todo es tan extraño como bello. El calor de tanta gente, este pueblo unido con calma por la libertad de expresión. Creo que es el primer día de algo”, dijo Pelloux. Y ese “algo” aún no está formulado. Es una masa sin cuerpo. Hay que distinguir dos fronteras: la de la gente y la dimensión política. La primera fue una reacción unánime ante algo vivido como un acto de suprema barbarie, como un atentado contra esa “igualdad, libertad, fraternidad” que componen el triángulo del simbolismo cívico francés. “De pronto me siento igual que cuando ganamos el Mundial de Fútbol en 1998 y todos nos sentíamos semejantes, hermanos. Sólo que esta vez la hermandad la plasmó un atentado sangriento”, dice Antoine, un padre de 52 años, casado con una marroquí, que tiene tres hijos a quienes trajo a la manifestación para que “valoren lo que es la libertad de expresión, para que entiendan cómo sería Francia si esa libertad no existiera”.
Lo segundo, lo político, está por verse. Las presiones sobre el Ejecutivo de Hollande para que tome medidas represivas y asuma de forma pública una política distinta en materia de inmigración son fuertes. La derecha, por el momento, está en la mordaza de la emoción del país y no puede sacar muy rápido sus garras para disputarle a Hollande la legitimidad ganada en estos días y a la extrema derecha su electorado. El líder histórico de la extrema derecha, Jean Marie Le Pen, dijo hace dos días “yo no soy Charlie” y calificó de “payasos” a la multitud que llenó las calles de París. La voz de Le Pen es por el momento inaudible, meramente anecdótica. Francia se apoya en sí misma, en la emoción y el dolor que la vuelca a una unión instantánea, sin demandas o interrogantes que estructuren el futuro. Se apoya en el asombro a la hora de descubrir que su propia sociedad puede albergar en sus entrañas seres capaces de cometer actos semejantes. Desde hace cinco días todo lo que ocurre no tiene precedentes: el asalto a Charlie Hebdo, los doce asesinatos, el secuestro de decenas de personas en un supermercado judío de París, los cuatro rehenes muertos, las manifestaciones cotidianas y, al fin, esta inmensa convergencia entre millones de individuos que supieron sobreponerse al odio primario, a la reacción violenta, al racismo, para unirse en la defensa de un ideal ensangrentado: la libertad. “Charlie” y “Libertad” fueron las palabras más pronunciadas por los manifestantes.
Ni Islam, ni musulmanes, ni inmigrantes, ni extranjeros o inmigración. Libertad, sólo libertad. El clima de reconciliación dio lugar incluso a escenas impensables en un país protestón y rebelde como Francia. La gente, por lo general hostil a las fuerzas del orden, les rindió un homenaje multitudinario por el trabajo que realizaron en los casi tres días que duró la investigación. Acostumbrados a los silbidos y a los insultos, los policías, las fuerzas antimotines, se vieron sumergidas por los aplausos, las rosas regaladas y los pedidos de autógrafos.
El sufrimiento creó una magia conciliadora y, al mismo tiempo, corrió el telón de algo que se había quedado oculto entre los pliegues de la crisis y la globalización, entre los debates y los manoseos políticos, entre el clima mundial, los rencores humanos, el desempleo, las dudas sobre Europa y la identidad nacional: restauró la noción de libertad y de pueblo, la conciencia de una pertenencia colectiva a ciertos valores de raíz con los cuales vivían sin darse cuenta. Mientras el mundo los admira por muchas razones, los franceses llevan años dudando de sí mismos, de su sociedad, de sus contenidos. “Somos un pueblo”, tituló el matutino Libération en su edición de Internet. Francia se reencontró a sí misma. París fue por un largo y sincero momento la capital del dolor y del reencuentro. El horror hipnotizó a Francia y a París durante varios días. El mismo horror quebró la indiferencia y arrojó a una sociedad entera a sus propios brazos para llorar y mirarse, al fin, a los ojos. Aquellos días de cines cerrados, de metros evacuados, de sirenas alocadas y comercios con las cortinas bajas parecen estar en otra dimensión de la realidad. Anette, una mujer de 65 años que consiguió un permiso especial para salir unas horas del hospital en donde estaba internada, dice, abrazada a su familia: “No olvidamos ni olvidaremos nunca lo que pasó. Pero hoy, con estos abrazos y estas lágrimas que derramamos, empezamos a ser de nuevo y a reivindicar lo que construimos juntos”. Este horrendo episodio deja abiertas muchas lecturas posibles y varios futuros inciertos. La prensa mundial empieza a titular sus ediciones con sonoras frases que dicen: “París, capital mundial contra el terror” (El País). Es mucho más que eso. Prueba de ello son los muchos nombres que se le pusieron a la manifestación de este domingo, los más frecuentes fueron “contra el terror” o “por la libertad de expresión”. El domingo, millones de personas eligieron el segundo.
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Sin embargo, una instantánea de 'Le Monde' ha generado polémica. El periódico francés divulgó en Twitter una foto sacada desde otro ángulo que evidencia que los políticos están posando ante las cámaras separados de la multitud. Aunque la medida de 'aislar' a los dirigentes se habría tomado para garantizar su seguridad, en las redes sociales han aparecido acaloradas críticas hacia los líderes, a los que acusan de hipocresía.

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NUEVAS RESTRICCIONES TRAS EL ATAQUE EN PARÍS.

Más control en Europa.

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Los responsables de la seguridad sellaron un compromiso para reforzar el control de las fronteras, incrementar el intercambio de información y frenar la masiva propaganda jihadista en Internet.

Eduardo Febbro.
Desde París
El futuro empezó ayer en París, y no en la calle, con los cuatro millones de personas que salieron a defender la libertad de expresión. Empezó en el Ministerio francés de Interior con la reunión que el presidente francés, François Hollande, organizó con los ministros de Interior de la Unión Europa y el titular de Justicia de Estados Unidos, Eric Holder. Los trece responsables de la seguridad sellaron un compromiso para reforzar el control de las fronteras, incrementar el intercambio de información y frenar la masiva propaganda, yihadista –textos y video– que pasa a través de Internet prácticamente sin restricción. Los asesinatos perpetrados en París por los hermanos Chérif y Said Kouachi y su cómplice, Amedy Coulibaly, acarrearán una serie de medidas restrictivas para la circulación de los bienes y las personas. Desde ya, los dirigentes reunidos se pusieron de acuerdo para levantar una de las trabas que impiden la extensión de la entrega de datos sobre los pasajeros aéreos. Estados Unidos lleva varios años presionando a la Unión Europea para que aplique plenamente este mecanismo vigente entre Estados Unidos, Canadá, Australia y el Reino Unido (e-borders y US-VISIT). El Parlamento Europeo se opone a que se suministre de la misma manera que en los países mencionados la PNR, Passenger Name Record. Se trata de los datos personales completos de un pasajero que viaja en grupo entre destinos diversos. Como las leyes europeas de protección de datos son más restrictivas que en Estados Unidos, el Viejo Continente y Washington nunca encontraron un terreno de entendimiento. Ahora, el obstáculo puede ser resuelto rápidamente.
El ministro francés de Interior, Bernard Cazeneuve, aclaró que la prioridad son “los combatientes extranjeros presentes en Siria e Irak”. La semana entrante, los ministros de Interior y de Justicia de la Unión Europea mantendrán una reunión ministerial cuyos resultados serán presentados en una cumbre internacional que se celebrará en Washington el próximo 18 de febrero. Según el titular francés de la cartera de Interior, se trata, prioritariamente, de reforzar la eficacia en el seguimiento de los desplazamientos, la comunicación y los recursos económicos con que cuentan los jihadistas. De allí los dos principios generales adoptados en París: más control en las fronteras, más intercambios de datos policiales, judiciales o oriundos de los servicios secretos, y más “colaboración” con las empresas que suministran accesos a Internet para acceder a los datos e intercambios entre los jyihadistas. Desde luego, estas medidas afectarán a todo el mundo y no sólo a los llamados combatientes extranjeros. Cazeneuve juzgó “indispensable” la asociación con los operadores de Internet para identificar rápidamente “los contenidos que inciten al odio y al terror” y neutralizar en la fuente “los factores y los vectores de radicalización”. Como Bin Laden en 2001, Chérif y Said Kouachi y Amedy Coulibaly pondrán a todo el planeta bajo el imán de una nueva aspiradora de datos e intimidades. Washington saltó de inmediato sobre la ocasión y propuso la organización de una cumbre destinada a “reflexionar” sobre los medios necesarios para luchar contra “el extremismo violento en el mundo”. Lo más probable es que Estados Unidos obtenga en adelante una suerte de legalización del espionaje mundial, el mismo que antes practicaba mediante el dispositivo Prism revelado por el ex analista de la CIA Edward Snowden. Es lícito reconocer que los servicios franceses de inteligencia fueron incapaces de detectar que los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly seguían activos y estaban por pasar a la acción. Estados Unidos había puesto a los hermanos Kouachi en una lista roja, pero sin informar a Francia. Además, a pesar de las delaciones y de las intenciones públicas, la cooperación entre los distintos servicios secretos del mundo dista de ser ideal. Por una razón o por otra, la información no fluye con la rapidez que haría falta. Los responsables de lo servicios secretos y de la lucha antiterrorista admiten que muchas veces se encuentran “desarmados” por la falta de información. La revoluciones árabes tuvieron en este campo un efecto contraproducente. Bernard Squarcini, ex director de la Dirección Central de la Información Interior (DGRI) explicó a la prensa que “ya no tenemos más contactos con nuestros homólogos de Túnez, de Libia, de Siria o de Egipto. Nuestra visión se redujo”.

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