jueves, 20 de noviembre de 2014

EL AUGE NACIONALISTA.

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En realidad, la independencia nacional como objetivo primero del nacionalismo tiene sentido en la medida en que se defiendan las señas de identidad propias, y mucho más allá, como una manera efectiva de evitar la explotación por parte de una potencia extranjera. Ambas consideraciones marchan unidas aunque el énfasis resulte variado en cada caso. Y es así entre otros motivos porque diluir esas señas de identidad y asimilar al pueblo sometido a las condiciones del vencedor es una manera muy eficaz de garantizar que no se produzcan resistencias que pongan en riesgo el saqueo y la dominación. De otra parte, fortalecer lo propio (en todos los órdenes) es la mejor forma de emprender con fundamento los necesarios procesos de integración regional, un reto impostergable para todos los países que no tengan el privilegio de ser estados-continentes como Estados Unidos, Rusia, China o India. La dimensión importa mucho en la correlación de fuerzas para el desempeño económico en el mercado mundial y para defender la soberanía nacional. En su caso el proyecto de la Unión Europea mantiene pues su validez si resulta capaz de encontrar equilibrios entre capital y trabajo (mantener el Estado del Bienestar) pero también si está en condiciones de poner coto a la desmesura de los banqueros alemanes y otros semejantes que saquean al sur pobre de la región. Pero la UE tendría que contribuir también a la gestión satisfactoria del nacionalismo creciente en el seno de sus estados miembros (lo acaecido en Reino Unido y España está lejos de haber sido resuelto) si no quiere exponerse a dinámicas disolventes.

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Europa, 79 movimientos políticos Separatistas, Nacionalistas que buscan Autonomía. Movimientos Independentistas que tiene  como base social principal, lo étnico-cultural, identidad, religioso, económico y geográfico-territorial. La tendencia es creciente, y habrán Estados Europeos, como pueblos originarios hay bajo los Alpes.
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EL AUGE NACIONALISTA.
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Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)

Martes 18 de noviembre del 2014.

Aunque resulta una obviedad es indispensable enfatizar en las diferentes naturalezas del nacionalismo. Hay nacionalismos que reflejan la necesidad de un pueblo por afirmar su propia identidad y defender sus intereses en respuesta a alguna forma de agresión externa y hay nacionalismos que por el contrario sirven para intentar justificar ese tipo de agresiones.

Ambas expresiones del nacionalismo tienen raíces comunes que se remiten a la manera de cómo han formado los estados modernos y a la forma como se ha expandido el capitalismo por el planeta.

Los estados modernos, prácticamente sin excepción, no son el fruto de algún arreglo civilizado entre etnias o colectividades nacionales que espontánea y pacíficamente deciden agruparse. Lo que la historia registra es más bien que los estados modernos son el resultado de la imposición violenta de un pueblo o etnia sobre los restantes a los cuales se les somete de diversas maneras: explotación económica en favor de los vencedores, desintegración de las instituciones propias y sometimiento a las del vencedor y procesos de asimilación/integración con la pérdida o disolución de buena parte de sus señas de identidad como colectivo, incluyendo en muchas ocasiones la pérdida paulatina del propio idioma. El triunfador de este proceso tampoco sale indemne y registrará igualmente cierto grado de asimilación de la cultura de los vencidos, pero siempre en una relación desigual en que gana mucho más de lo que pierde.
Por muy profunda que haya sido la asimilación o el sometimiento sorprende la capacidad de resistencia que ofrecen los pueblos sometidos a través de los siglos.

El asunto cobra relevancia más allá de las interesantes incógnitas antropológicas que suscite. En efecto, en varios estados europeos se producen ahora conflictos nacionalistas de no poca relevancias que vienen a sumarse a los problemas ya existentes que afectan a misma estabilidad de la UE. Los recientes iniciativas separatistas en Escocia y Cataluña (referendo y consulta popular, respectivamente) ni son excepcionales ni han quedado saldadas como problema tras la derrota de los independentistas escoceses y la nulidad legal de la consulta catalana.

El separatismo también es fuerte en Italia (la rica región norte, la Padania), en Bélgica con el permanente enfrentamiento entre las comunidades flamencas y valonas o en España con el conflicto vasco y en mucho menor medida con los sentimientos separatistas de una parte de los gallegos. Francia parece haber tenido mayor éxito en sus esfuerzos por unificar en torno a París y sus instituciones (incluyendo prácticamente todo, hasta el idioma) al total de los pueblos de su territorio aunque persistan algunas manifestaciones en Córcega y los bretones se esfuercen por conservar intacta su propia lengua.

Alemania y Suiza son buenos ejemplos de que a pesar del origen más o menos violento de su estado nacional han encontrado mediante formas federales hacer armónicos los intereses de colectivos nacionales bastante diferenciados. Es notorio el caso suizo que conserva en sus cantones un régimen institucional que respeta bastante las viejas tradiciones (incluida la votación a mano alzada para decidir sobre ciertos asuntos) y ha conseguido mantener unidos pueblos que se expresan en alemán, francés, italiano y retorromano o romanche.

En realidad, la independencia nacional como objetivo primero del nacionalismo tiene sentido en la medida en que se defiendan las señas de identidad propias, y mucho más allá, como una manera efectiva de evitar la explotación por parte de una potencia extranjera. Ambas consideraciones marchan unidas aunque el énfasis resulte variado en cada caso. Y es así entre otros motivos porque diluir esas señas de identidad y asimilar al pueblo sometido a las condiciones del vencedor es una manera muy eficaz de garantizar que no se produzcan resistencias que pongan en riesgo el saqueo y la dominación.

De otra parte, fortalecer lo propio (en todos los órdenes) es la mejor forma de emprender con fundamento los necesarios procesos de integración regional, un reto impostergable para todos los países que no tengan el privilegio de ser estados-continentes como Estados Unidos, Rusia, China o India. La dimensión importa mucho en la correlación de fuerzas para el desempeño económico en el mercado mundial y para defender la soberanía nacional. En su caso el proyecto de la Unión Europea mantiene pues su validez si resulta capaz de encontrar equilibrios entre capital y trabajo (mantener el Estado del Bienestar) pero también si está en condiciones de poner coto a la desmesura de los banqueros alemanes y otros semejantes que saquean al sur pobre de la región. Pero la UE tendría que contribuir también a la gestión satisfactoria del nacionalismo creciente en el seno de sus estados miembros (lo acaecido en Reino Unido y España está lejos de haber sido resuelto) si no quiere exponerse a dinámicas disolventes.

El correcto manejo de la cuestión nacional y al mismo tiempo responder a la necesidad de la integración regional son desafíos que afectan no solo a los europeos. América Latina y el Caribe lo requieren seguramente con mayor urgencia. Avanzar en el fortalecimiento de Mercosur, el Alba y la Celac -entre otras instancias de integración- es perfectamente compatible con la defensa cerrada de lo propio en términos económicos pero también en la esfera de la cultura y demás elementos de identidad que definen una colectividad nacional.

Los únicos que asumen que lo nacional se ha diluido irremediablemente en un mundo “globalizado” son los neoliberales criollos porque este mito constituye una de sus banderas ideológicas y les va mucho en ello, o los ingenuos “postmodernos” que en estos lares ya tienen dificultades para pensar en castellano. Por supuesto, también queda alguno que aún considera factible la autarquía.


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