domingo, 17 de junio de 2012

No hay solución a la crisis a lo Krugman-Keynes.

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Y no es tanto por la crítica que ya desde ciertas instancias académicas se le ha comenzado a hacer a sus propuestas -como por ejemplo el reciente comentario de Michael Hudson http://bit.ly/KyIoEo, criticando el descuido del efecto de la deuda creciente sobre la economía real que contienen tales propuestas-, sino más bien, y sobre todo, por la falta de reconocimiento de los efectos de desproporción en la estructura productiva y en la de distribución que tiene el aumento del gasto público y privado, mientras no se corrija debidamente la distribución del capital y la riqueza. O, en plata blanca, mientras no se reforme la estructura de la propiedad del capital. Hudson tiene razón, cuando dice que el aumento del gasto público -y por su vía del privado-, por el camino fácil del crecimiento de la deuda, limita el crecimiento económico cuando el servicio de ésta impone en el consumidor una restricción intuitiva al gasto. ¿Cómo pueden gastar los trabajadores norteamericanos -se pregunta- cuando más del 75% de su salario se va en pagos a su deuda? Amén que, cuando esta deuda es en divisas -como sucede en los países periféricos-, la inflación que provoca el gasto financiado con deuda determina una devaluación de la moneda doméstica que hiperboliza en términos nacionales el costo de la deuda internacional. Difícilmente el aumento de las exportaciones que provocara la devaluación cubriera el aumento exponencial de la deuda internacional (recordemos la América Latina entre 1980 y 2000).
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No hay solución a la crisis a lo Krugman-Keynes.
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Viernes 15 de junio del 2012.

Sergio Reuben Soto (especial para ARGENPRESS.info)

Por el prestigio que ha adquirido Paul Krugman como crítico de la política económica neoliberal, y particularmente de la política restrictiva del gasto público; sus recetas para salir de la crisis económica en que se encuentra el mundo desarrollado gozan de gran audiencia y consideración.

No obstante, desde la perspectiva que se ha venido desarrollando sobre los orígenes de la crisis, fundando ésta en la enorme desigualdad en la distribución del ingreso acumulada durante la reformas neoliberales, las propuestas de política económica que formula el laureado economista no tienen un asidero teórico.

Y no es tanto por la crítica que ya desde ciertas instancias académicas se le ha comenzado a hacer a sus propuestas -como por ejemplo el reciente comentario de Michael Hudson http://bit.ly/KyIoEo, criticando el descuido del efecto de la deuda creciente sobre la economía real que contienen tales propuestas-, sino más bien, y sobre todo, por la falta de reconocimiento de los efectos de desproporción en la estructura productiva y en la de distribución que tiene el aumento del gasto público y privado, mientras no se corrija debidamente la distribución del capital y la riqueza. O, en plata blanca, mientras no se reforme la estructura de la propiedad del capital.

Hudson tiene razón, cuando dice que el aumento del gasto público -y por su vía del privado-, por el camino fácil del crecimiento de la deuda, limita el crecimiento económico cuando el servicio de ésta impone en el consumidor una restricción intuitiva al gasto. ¿Cómo pueden gastar los trabajadores norteamericanos -se pregunta- cuando más del 75% de su salario se va en pagos a su deuda? Amén que, cuando esta deuda es en divisas -como sucede en los países periféricos-, la inflación que provoca el gasto financiado con deuda determina una devaluación de la moneda doméstica que hiperboliza en términos nacionales el costo de la deuda internacional. Difícilmente el aumento de las exportaciones que provocara la devaluación cubriera el aumento exponencial de la deuda internacional (recordemos la América Latina entre 1980 y 2000).

Pero Hudson le queda debiendo a la teoría económica, como también Krugman, cuando no logran advertir otro efecto económico fundamental que han causado los rescates financieros a la carta; y desde luego, cualquier política económica que en las condiciones actuales, ponga dinero impreso en manos privadas. Es cierto que éstos, a su manera, han impedido el colapso del sistema financiero; hoy día a la base del proceso de acumulación de capital, y por tanto de la actividad económica. Pero han impedido que las desproporciones en la distribución del capital, acumuladas por varías décadas, se redujeran creando condiciones más favorables para una distribución del ingreso nacional más proporcional a las necesidades y contribuciones de los distintos estratos sociales y sectores productivos. Sólo el colapso de estos sectores habría podido restablecer proporcionalidad en una estructura con atrofias e hipertrofias sectoriales; pero éstas ya eran demasiado grandes y fundamentales para quebrar…

He ahí la cola del Diablo. ¿Cómo hacer para que una estructura con una alta concentración de capital, con mercados imperfectos, monopolizados, cartelizados, como la actual, distribuya cabalmente el producto colectivo de manera que esta distribución active la producción? Keynes divisaba el gasto público dinamizando la demanda agregada, pero cuando ésta está fundamentalmente en manos de unos pocos, los recursos públicos se esterilizan en forma de ganancias corporativas; con poco efecto estimulador en la actividad productiva y económica general.

Así, la quiebra (la destrucción positiva de Shumpeter) mecanismo fundamental del capitalismo primitivo, ya no es una solución; el Estado capitalista actual ve en ella una amenaza a todo el sistema…, y no se equivoca. El colapso de los grandes bancos estadounidenses rescatados con billones de dólares entre el 2009 y el 2010 hubiera sido catastrófico para todo el sistema económico norteamericano; como sería hoy el colapso de los bancos españoles para toda la eurozona.

El aumento del gasto público por medio de rescates públicos a las empresas quebradas, en el marco de una estructura altamente concentrada de la propiedad de los medios de producción y trabajo, no puede actuar estimulando la economía como en el modelo keynesiano clásico. Los canales por donde fluyen los recursos frescos hacia la economía real, hacia la demanda efectiva, hacia el estímulo del emprendedor, de la innovación y del esfuerzo para ofrecer los bienes demandados por la sociedad, han sido tupidos por las cortapisas puestas por las grandes corporaciones para hacerse de una creciente tasa de ganancia.

Más aún, el mero gasto público en infraestructura, o en las mismas educación o salud públicas -una receta que vienen repitiendo algunos economistas como solución a la crisis actual- sólo limitadamente puede contribuir (si nos atenemos a este razonamiento) a estimular la actividad económica. La altísima concentración y centralización de la propiedad del capital en nuestras sociedades, actúa como un remolino en el mercado, succionando estos recursos; evitando su dispersión en forma proporcional a la contribución de los factores productivos reales.

La solución hay que buscarla entonces por el lado de la reestructuración de la propiedad del capital, del estímulo de la pequeña y mediana propiedad, del rompimiento de las grandes corporaciones, de la participación estatal, colectiva, cooperativa en la propiedad de grandes empresas, por el lado de la creación de empresas estatales en sectores estratégicos para un desarrollo socialmente sostenible, y por el lado del mejoramiento de la distribución del ingreso entre capital y trabajo.
Es una solución económica y política.
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Sergio Reuben Soto es Profesor retirado de la Universidad de Costa Rica.
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