domingo, 27 de mayo de 2018

"ES RIDÍCULO UTILIZAR EL ANTROPOCENO PARA DEMONIZAR EL CAPITALISMO"

&&&&&
Antropoceno. La política en la era humana.- Cuando hace aproximadamente 10.000 años termina el frío de la última glaciación comienza para la Tierra el periodo geológico conocido como Holoceno. En éste crecen las grandes civilizaciones humanas, con sus revoluciones políticas, religiosas, alimentarias y tecnológicas, que al final darían lugar al inicio de una nueva era bautizada en 2000 como “Antropoceno” por el Nobel de Química Paul Crutzen.
Avalado por nuevas iniciativas científicas como el Anthropocene Working Group, y algunos artículos en revistas científicas de impacto, la nueva etiqueta designaría un supuesto nuevo periodo geológico cuyo rasgo central es el protagonismo ecológico de una especie en concreto, la humana, y de una variante, la moderna o posmoderna. ¿Cuál será la huella fósil de esta nueva era? Se proponen distintos candidatos: las megaurbes, la red de carreteras, las minas, los arrecifes de coral devastados, las especies hibridadas, quién sabe si los restos desolados de una destrucción nuclear.
Sin embargo, hasta dentro de unos años, cuando la Comisión Internacional de Estratigrafía llegue a una decisión definitiva, no sabremos si el Antropoceno es el sucesor legítimo del Pleistoceno y el Holoceno en las edades de la Tierra. Este es el objeto del último libro publicado por Manuel Arias Maldonado, (Málaga, 1974), filósofo español con un currículum internacional y una obra que en su conjunto aborda las importantes, inciertas y repentinas intersecciones entre los problemas medioambientales y los sistemas políticos.

La demografía humana es un buen comienzo para entender cómo hemos llegado hasta aquí. De unos pocos millones de individuos prehistóricos hemos pasado a ser 900 millones en 1800, y 7.500 en 2017. La especie humana moderna abarca hoy cien veces más biomasa que cualquiera otra que haya existido en el pasado, y esto ha alterado drásticamente la vida en la tierra, modificando su paisaje para siempre e interfiriendo con la evolución natural del resto de especies. Según el conservacionista E.O.Wilson hemos hecho que la tasa de extinción de las especies se haya incrementado entre 800 y 1.000 veces. Queda poco espacio sin “domesticar”: según el recuento del biólogo Erle Ellis, hoy sólo es virgen apenas un cuarto de la superficie terrestre no helada, de la que sólo un 20% son bosques y el 36% es estéril. El resto son “antropomas”, o biomas influidos por el hombre: hay más árboles en las granjas que en bosques salvajes.

A esta evidente pérdida de biodiversidad habría que añadir una lista de cambios provocados por el hombre: la urbanización, la agricultura industrial, los transportes, la modificación genética de los organismos, la acidificación de los océanos y una creciente “hibridación socionatural” que diluye los anticuados límites entre la naturaleza y la cultura.

¿Pero por qué hablar de “especie humana”? ¿No sería más correcto, si queremos repartir equitativamente las culpas y responsabilidades como sugieren los activistas poscoloniales, referirnos a una variante más específica? ¿No será el Antropoceno en realidad un Euroceno o como mucho un Capitaloceno o un Tecnoceno, tal como sugiere Peter Sloterdijk--- Fuente Manuel Arias Maldonado.

/////
 
Politólogo, Profesor Manuel Arias Maldonado desarrolla este novedoso concepto, una nueva época geológica inaugurada por la acción del hombre sobre el planeta, dando cuenta de las verdades y mentiras que lo envuelven, al tiempo que reflexiona sobre sus consecuencias políticas, es decir, por los efectos que puede tener para nuestras sociedades nuestra obligación de reorganizar las relaciones socio-naturales.
***
MANUEL ARIAS MALDONADO: "ES RIDÍCULO UTILIZAR EL ANTROPOCENO PARA DEMONIZAR EL CAPITALISMO"

*****

El politólogo y profesor de la UMA publica Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), una reflexión sobre las verdades y mentiras de esta nueva era geológica y sobre los vínculos que existen entre el medio ambiente y el debate público.

Andrés Seoane.

España. El Cultural 19 de marzo del 2018.

En la crítica de su anterior libro, La Democracia Sentimental  (Página indómita, 2017), Jorge Bustos aseguraba que Manuel Arias Maldonado "no es un politólogo sino un filósofo político. La diferencia entre ambos oficios es la misma que separa al interiorista del arquitecto. Arias es un académico cuya kantiana ambición es toda la que quepa en la consideración científica de la política". En buena sintonía con este enfoque multidisciplinar, el profesor de Ciencia Política de la Universidad de Málaga trasciende el ámbito estrictamente político en su nuevo libro Antropoceno. La Política en la era humana (Taurus), para adentrarse en el territorio del medio ambiente. En este volumen, Arias Maldonado desarrolla este novedoso concepto, una nueva época geológica inaugurada por la acción del hombre sobre el planeta, dando cuenta de las verdades y mentiras que lo envuelven, al tiempo que reflexiona sobre sus consecuencias políticas, es decir, por los efectos que puede tener para nuestras sociedades nuestra obligación de reorganizar las relaciones socio-naturales.

Pregunta.- La historia de la Tierra es convulsa con varios cambios bruscos de temperatura, extinciones masivas... ¿ no es un poco alarmista y arrogante considerarnos tan responsables de un cambio geológico.
Respuesta.- Se trata de una acusación razonable, pues la noción del Antropoceno tiene un punto megalómano. Sin embargo, los geólogos que lo promueven señalan que es indiferente que el factor de cambio planetario sea el ser humano: se trata de certificar un cambio geológico con reflejo estratigráfico. Esta vez el factor diferencial es la humanidad y, simplemente, así se constata. Es verdad que poner la atención en el planeta nos recuerda que éste se mueve en el tiempo profundo y en esa "larguísima duración" apenas somos una anécdota. Pero, de nuevo, esta melancólica constatación es compatible con otras. Entre ellas, la de que el efecto agregado de la especie sobre los sistemas naturales ha terminado por alterar su funcionamiento a escala global. Y de ese resultado histórico, del acoplamiento de los sistemas naturales y sociales, nos habla el Antropoceno.

Debemos potenciar la progresiva hibridación de lo social y lo natural, antes que mantener la ficción de que la sociedad está a un lado y la naturaleza a otro"

P.- La teoría tiene una sólida base, pero el consenso entre los científicos no es unánime, ¿en qué consiste y por qué no está aceptada?

R.- Desde luego, al tiempo geológico no se le puede meter prisa. La Comisión Estratigráfica Internacional tiene que evaluar la propuesta formal que elevará el Anthropocene Working Group. Si se aceptara y se reconociese con ello una nueva época geológica, el Holoceno sería inusualmente breve, apenas 11.700 años y no los millones habituales. Esta brevedad tan poco geológica genera resistencia, que también se explica por la anomalía de identificar una época de la que somos contemporáneos en lugar de buscarla en el pasado del planeta. Pero si el registro fósil contiene una huella humana global, no se ven razones para descartar la nueva periodización. En todo caso, la idea de que la colonización humana del planeta ha alterado los sistemas naturales y nos ha convertido en un agente medioambiental global tiene una dimensión que no es geológica, sino derivada de las llamadas ciencias del sistema terrestre, que estudian el funcionamiento del planeta como una totalidad. Y los datos son elocuentes.

P.- El Antropoceno presupone el fin de la naturaleza "salvaje", ¿qué repercusiones tendrá que ésta ya no sea autónoma del ser humano?

R.- La naturaleza, como estructura física y conjunto de leyes causales, no ha desaparecido. Y el planeta podría conocer una desestabilización ante la que podríamos carecer de respuesta; la ciencia-ficción ha imaginado incontables posibilidades. Pero es verdad que la naturaleza del planeta, la más superficial y fenoménica, está bajo la influencia de la especie humana, sostenida y agregada en el nivel de la especie desde hace miles de años y luego intensificada desde la industrialización. Por eso se puede hablar de fin de la naturaleza, del final de su estado salvaje u originario, separado del ser humano. Pensemos en el cambio climático, que es un agente de influencia global de origen antropogénico. Es así más razonable hablar de un entramado socionatural, de la progresiva hibridación de lo social y lo natural, antes que mantener la ficción de que la sociedad está a un lado y la naturaleza a otro. Por añadidura, los espacios semivírgenes pueden protegerse e incluso expandirse en el marco de una gestión consciente del planeta y sin tratar de "volver" a una pureza natural perdida ya en el pasado.
 

P.-¿Existen razones para el optimismo ante los desafíos que plantea el Antropoceno? ¿Y para el pesimismo? ¿No son más poderosas?

R.- Hay razones para un cauto optimismo. Entre otras cosas porque con el pesimismo, no digamos con el pesimismo radical, no vamos a ninguna parte. Estoy convencido de que una movilización de las capacidades humanas orientada decididamente hacia la sostenibilidad medioambiental y la realización colectiva de un "buen Antropoceno" puede dar resultados en un plazo razonable de tiempo. La dificultad está en crear las condiciones culturales que nos empujen en esa dirección. Por lo demás, en 10.000 años todos estaremos extintos: si el planeta entra en una fase de turbulencias inmanejables, poco podremos hacer. Pero es inútil pensar en esos términos.

El Antropoceno no es solo nocivo, presupone la transformación de la naturaleza en medio ambiente de nuestra especie, para bien y para mal"

P.-¿Estamos a tiempo de revertir esta tendencia o de convertir nuestro control sobre el planeta en algo positivo?

R.- Todo indica que lo estamos. De hecho, el Antropoceno no solo se declina como regreso de la peligrosidad del planeta; también como grado de control humano, de definitiva transformación de la naturaleza en medio ambiente de nuestra especie: para bien y para mal. En esa línea, la de disponer de tiempo, se encuentra la idea de los "límites planetarios" sugeridos por Joachim Röckstromtratar de que ciertos valores ecológicos, desde la temperatura media global a la acidificación oceánica, no traspasen un determinado umbral, para que los seres humanos sigan disponiendo de un "espacio seguro" donde operar. No debemos tampoco olvidarnos de la incertidumbre: no es lo mismo medir y observar que predecir el comportamiento de sistemas dinámicos y complejos. Añádase a ello la "diferencia" humana, o sea, la formidable capacidad adaptativa y transformadora de la especie.

P.- En el reconocimiento del Antropoceno y en la búsqueda de soluciones, ¿qué papel juegan la política y la economía?

R.- Un papel decisivo, desde luego. La política, porque es el instrumento para la acción y la deliberación colectivas; la economía, porque es protagonista destacada del impacto planetario y sin embargo es también imprescindible para la transición hacia la sostenibilidad: como sistema de información y como sistema de innovación. Hacen falta señales políticas que den a las empresas el empujón que necesitan para reorientarse socio-ecológicamente (un impuesto global al carbón, por ejemplo). También los consumidores presionan, transmitiendo al mercado nuevas preferencias derivadas de un paulatino cambio cultural.

P.- El capitalismo, emblema de este Antropoceno, ha influido en el planeta, pero también ha ayudado al progreso y a erradicar la pobreza, ¿dónde está el límite entre desarrollo y conservación del clima?

R.- Utilizar el Antropoceno para demonizar el capitalismo es emprender una operación epistémica de muy corto vuelo. El capitalismo es una forma de organización económica que ya expresa en sí misma el modo de ser de una especie que se adapta agresivamente al medio, transformándolo. Y lo hace con una potencia inigualada en el reino animal, gracias a esos rasgos que nos han hecho excepcionales: lenguaje, ultra-socialidad, tecnología. Esto, claro, tiene sus contraindicaciones y efectos colaterales y es de ellos de los que empezamos a ocuparnos. Ciertamente, el capitalismo ha sido también destructivo para ecosistemas y especies; a muchas de ellas les infligimos hoy un sufrimiento que aún espera reconocimiento. Pero el capitalismo puede reformarse, y lo ha hecho en más de una ocasión, si se ve obligado a ello por la presión política o los cambios culturales. Ya lo está haciendo: de la carne cultivada al coche eléctrico, del desarrollo de semillas resistentes a la falta de agua a la invención de robots que ayudan a la gestión de los ecosistemas. Hablamos en buena medida de un capitalismo de Estado, donde lo público y lo privado se encuentran en una estrecha relación y la dificultad estriba en modular eficazmente esas relaciones.

Hace falta disfrutar de un cierto nivel de bienestar para plantearse la conveniencia de moralizar las relaciones socio-naturales"

P.- ¿La conciencia ecologista es algo exclusivo de los países desarrollados? ¿Cómo podrían los países pobres alcanzar nuestro nivel con severas limitaciones ecologistas.

R.- La conciencia medioambiental moderna, que es algo distinto al saberse parte de un entorno natural, es un lujo. O sea, es un tipo de preocupación a la que solo se atiende cuando las necesidades básicas están más o menos cubiertas. Hace falta disfrutar de un cierto nivel de bienestar para plantearse la conveniencia de moralizar las relaciones socionaturales. Por eso, y no es casualidad, ese hijo tardío del romanticismo que es el ecologismo político nace y se desarrolla en sociedades liberales y ricas a partir de los años 60-70 del siglo pasado. Para que los países pobres alcancen nuestro nivel de desarrollo en un marco global de sostenibilidad necesitamos desarrollo tecnológico y mercados diseñados de tal modo que integren las externalidades medioambientales. Pero no nos engañemos: sin mantener y de hecho aumentar los actuales niveles de bienestar no hay sostenibilidad que valga, pues los votantes del mundo entero, y no digamos los habitantes de los países subdesarrollados, rechazarán vivir peor o con menos bienes. La sostenibilidad debe estar ligada a la modernización, no presentarse como un rechazo de esta última. Me parece que la frugalidad planetaria es una fantasía ética, no un objetivo políticamente realizable: un Antropoceno franciscano es una contradicción en sus términos.

P.- ¿Por qué es tan fácil que cale en la opinión pública un discurso negacionista sobre el cambio climático? ¿Qué influencia ha tenido el ecologismo radical de izquierdas en esta percepción? ¿Y el de los científicos y divulgadores?
R.- El negacionismo climático tiene muchos padres. Por una parte, sí, es una reacción ideológica a ese ecologismo clásico para el que solo lograremos sobrevivir o hacer justicia ecológica si desmantelamos la sociedad liberal-capitalista. Y téngase en cuenta que el fracaso del comunismo ha conducido a parte de la izquierda radical a emplear el cambio climático como un medio para atacar al capitalismo. Más aún, el catastrofismo verde que lleva anunciando apocalipsis inminentes desde los años 70 ha restado credibilidad a la ciencia climática, demasiado empeñada a su vez en ocasiones en presentar tesis políticas o realizar predicciones de fuerte carga moral. Por último, los problemas de los que hablamos se prestan fácilmente a eso que Stephen Gardiner llama "corrupción moral": no los vemos ni nos parecen urgentes, así que los rechazamos o aplazamos.

P.- ¿Por qué la teoría del Antropoceno tiene tan poco eco en España?
R.- España ni siquiera tiene un debate público digno de tal nombre sobre el cambio climático, así que desde luego no lo tiene tampoco sobre el Antropoceno. Arrastramos un déficit histórico en esta materia, por razones que van desde nuestra tardía incorporación a la democracia a los efectos de un sistema electoral que dificulta el lanzamiento de un partido ecologista mínimamente exitoso. No obstante, el Antropoceno es un concepto joven, prometedor en términos de su capacidad para reordenar el debate socionatural bajo premisas distintas a las tradicionales, así que no perdamos la esperanza: quizá esta vez cojamos la ola buena. Este libro es el modesto intento de contribuir a que así suceda.
 *****

ANTROPOCENO, LA ERA EN LA QUE DESTRUIMOS EL PLANETA.

&&&&&
Nueva época. "Si pensamos en términos simbólicos o políticos, todo pudo empezar con el cambio climático, la Revolución Industrial o incluso el intercambio colombino, pero personalmente me quedo con los isótopos", dice el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Arias. La desintegración de la materia, su dominio por parte humana, es para Arias una especie de culmen "de un proceso de avance tecnológico iniciado con la Revolución Industrial, de una relación de los humanos con lo natural que siempre ha sido agresiva".

El profesor Arias no es geólogo, geógrafo o ecólogo, da clases de ciencia política. Hace unos meses publicó el libro Antropoceno. La política en la era humana (editado por Taurus). La mera publicación de un libro con ese título por un politólogo, por alguien ajeno a las ciencias de la naturaleza, muestra la relevancia que está alcanzando esa idea, aún informal, de que los humanos están entrando en una nueva época de la que son, al mismo tiempo, sus creadores, sus protagonistas y, para los más pesimistas, sus víctimas. Los rasgos que mejor definen el nuevo tiempo son el abanico y la escala de impactos y transformaciones que ha sufrido y está sufriendo el planeta y la naturaleza que le da vida. Es cierto que los humanos llevan modificando la Tierra desde el mismo instante en el que aprendieron a cultivar los primeros cereales y legumbres en la tierra, al inicio del Holoceno. Pero esas alteraciones locales son hoy globales y probablemente ya no tengan vuelta atrás. El traspaso de esa puerta o umbral sería también otra prueba más de la llegada e irreversibilidad del Antropoceno.

/////
 
 

Dársena de Axpe (Erandio, Vizcaya), en la orilla derecha de la ría de Bilbao. CARLOS CÁNOVAS.
***

ANTROPOCENO, LA ERA EN LA QUE DESTRUIMOS EL PLANETA.

CÓMO LA ACTIVIDAD HUMANA ESTÁ MODIFICANDO EL PLANETA HASTA PROVOCAR PROFUNDOS CAMBIOS.

*****

En la cala de Tunelboka, en Getxo (Bizkaia), hay unas rocas que han atrapado el ingenio humano. De reciente formación, entre la arena cementada incluyen materiales de desecho del pasado industrial de Bilbao, como escorias del mineral de hierro o trozos del ladrillo usado en los altos hornos. Son rocas naturales, sí, pero también verdaderos tecnofósiles de una época que está comenzando, el Antropoceno, donde los humanos están dando forma a su destino y al de todo el planeta.

Miguel Ángel Criado.

España. El País.

Viernes 15 de mayo del 2018.

"Estas rocas son un destacable ejemplo del Antropoceno, que se caracteriza por la radical transformación de los ecosistemas terrestres por la actividad humana", dice la investigadora de la Universidad de Queensland (Australia) Nikole Arrieta. Desde 2008, y como parte de su doctorado, Arrieta ha estudiado este tipo de rocas, conocidas como beachrocks, primero en España, ahora en Australia. Aunque lo más probable es que la erosión acabe disolviéndolas, una Nikole Arrieta del futuro las estudiaría
 

"como cualquier otro yacimiento geológico y utilizaría las evidencias materiales ahí encontradas para reconstruir la actividad humana de dicha época, que son muchas y no únicamente industriales: hemos encontrado antiguas botellas de cerveza, envases lácteos y de lejía, neumáticos, calzado, redes y un sinfín de materiales más", añade la científica vasca.

Las rocas de Tunelboka son sólo una minúscula parte de los datos, hechos y fenómenos que atestiguan la llegada del Antropoceno. En unos siglos, las actividades humanas han creado dos centenares de nuevos minerales, algo para lo que la naturaleza habría necesitado millones de años. En Europa, hay cemento o asfalto a menos de 1,5 kilómetros de cualquier parte. En el mundo, la agricultura, la minería o la urbanización han transformado ya el 75% de la superficie terrestre. Sobre ella, está en marcha la sexta gran extinción (la quinta fue la de los dinosaurios), con un ritmo de desaparición de especies 100 veces mayor desde el siglo XX. En el aire, la concentración de CO2, principal agente del calentamiento global, va camino de doblarse desde la Revolución Industrial. En el agua, el plástico y los desechos que generan humanos han llegado hasta los polos o lo más profundo de la fosa de las Marianas.
Para muchos científicos, el problema no es el cuánto, sino cuándo comenzó la nueva época.
"Se han propuesto diferentes fechas de inicio para el Antropoceno, en buena medida porque han surgido distintos conceptos, a veces que se solapan, desde distintos grupos del mundo académico de diferentes disciplinas", dice el profesor Jan Zalasiewicz, del departamento de geología de la Universidad de Leicester (Reino Unido). Zalasiewicz es también miembro del Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (GTA), al que la Comisión Internacional de Estratigrafía ha encargado determinar (en una primera fase) si el impacto humano sobre el planeta se merece que le pongan su nombre (Anthropos, humano en griego) a la porción de la cronología terrestre que parece estar comenzando.

Mediados del siglo XX.

"En el GTA estamos trabajando en lo que podríamos llamar el Antropoceno geológico como una unidad distintiva de la historia de la Tierra", comenta Zalasiewicz. Una en la que el foco está en "las pruebas de un cambio a gran escala, más o menos sincrónico, respecto de las condiciones del Holoceno [la época geológica previa, iniciada hace unos 11.700 años, tras la última glaciación]. Un cambio que haya quedado grabado en los estratos más recientes por medio de diversos marcadores físicos, químicos y biológicos, como los plásticos o la radiactividad".
La decisión final y formal sobre el nuevo periodo de la historia tendrá que tomarla la Comisión Internacional de Estratigrafía, dependiente de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. Y de la misma forma que su objeto de estudio abarca miles o millones de años, estos científicos necesitan su tiempo. Sobre esa base, el GTA propuso en 2016 que el momento que separa el Holoceno del Antropoceno, el pasado del futuro, podría situarse a mediados del siglo XX. Es entonces cuando se precipita la llamada gran aceleración: el crecimiento de la población humana explota, las altas tasas de urbanización de los países ricos se extienden a los pobres, el comercio mundial se intensifica, aparece el turismo de masas... Todo eso dejará una marca directa o indirecta en el estrato. Pero la señal definitiva, la estaca dorada, como la llaman los geólogos, del nuevo tiempo podrían ser los isótopos radiactivos procedentes de los ensayos de las bombas nucleares, cuyo rastro durará unos 4.500 millones de años, tantos como tiene la Tierra. Así que el Antropoceno debió de empezar el 16 de julio de 1945, cuando EE UU hizo explotar la primera bomba, Trinity, en Alamogordo, Nuevo México.

Nueva época.

"Si pensamos en términos simbólicos o políticos, todo pudo empezar con el cambio climático, la Revolución Industrial o incluso el intercambio colombino, pero personalmente me quedo con los isótopos", dice el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Arias. La desintegración de la materia, su dominio por parte humana, es para Arias una especie de culmen "de un proceso de avance tecnológico iniciado con la Revolución Industrial, de una relación de los humanos con lo natural que siempre ha sido agresiva".

 
En este volumen, Arias Maldonado desarrolla este novedoso concepto, una nueva época geológica inaugurada por la acción del hombre sobre el planeta, dando cuenta de las verdades y mentiras que lo envuelven, al tiempo que reflexiona sobre sus consecuencias políticas, es decir, por los efectos que puede tener para nuestras sociedades nuestra obligación de reorganizar las relaciones socio-naturales.
***
El profesor Arias no es geólogo, geógrafo o ecólogo, da clases de ciencia política. Hace unos meses publicó el libro Antropoceno. La política en la era humana (editado por Taurus). La mera publicación de un libro con ese título por un politólogo, por alguien ajeno a las ciencias de la naturaleza, muestra la relevancia que está alcanzando esa idea, aún informal, de que los humanos están entrando en una nueva época de la que son, al mismo tiempo, sus creadores, sus protagonistas y, para los más pesimistas, sus víctimas

Los rasgos que mejor definen el nuevo tiempo son el abanico y la escala de impactos y transformaciones que ha sufrido y está sufriendo el planeta y la naturaleza que le da vida. Es cierto que los humanos llevan modificando la Tierra desde el mismo instante en el que aprendieron a cultivar los primeros cereales y legumbres en la tierra, al inicio del Holoceno. Pero esas alteraciones locales son hoy globales y probablemente ya no tengan vuelta atrás. El traspaso de esa puerta o umbral sería también otra prueba más de la llegada e irreversibilidad del Antropoceno.

A comienzos de semana, la revista científica PNAS publicaba un estudio sobre la biomasa, la parte orgánica, que tiene vida, existente en el planeta. Casi ningún dato es nuevo, pero leídos todos juntos apabullan: aunque los humanos vamos camino de la cifra de los 8.000 millones de personas, apenas suponemos el 0,01% de la biomasa terrestre. Aun así, algo tan minúsculo ha provocado que, desde el despertar de las primeras civilizaciones humanas, hace solo unos milenios, hayan desaparecido el 83% de los animales salvajes, el 80% de los mamíferos marinos, la mitad de las plantas del edén original o el 15% de los peces. El drama cobra todo su sentido humano al repasar los datos de la vida que queda: el 70% de las aves del planeta son de granja y el 60% de los mamíferos se crían en establos. Sólo el 4% de estos últimos viven en estado salvaje, el resto es vida domesticada; el porcentaje que falta es el que le corresponde a los humanos. El principal autor del estudio, el profesor Ron Milo, del Instituto Weizmann de Ciencias (Israel), decía al diario británico The Guardian: "Espero que todo esto muestre a la gente una perspectiva sobre el papel tan dominante que la humanidad juega ahora en el planeta".

Esta intromisión y modificación humana de la naturaleza ha acabado con la tradicional separación entre lo natural y lo social. La naturaleza entendida como la veían los exploradores románticos del XIX, remota, exótica, limpia de las inmundicias, salvaje..., ha dado paso a una naturaleza híbrida que empieza en los parques urbanos y acaba en la reserva de la biosfera más valiosa. ¿Qué hay más híbrido, más perturbador, que el hecho de que las escasas regiones del planeta relativamente prístinas lo sean precisamente porque los humanos han decidido conservarlas? Para el ecólogo mexicano Gerardo Ceballos, director del Laboratorio de Ecología y Conservación de Fauna Silvestre de la UNAM,
"el impacto de los humanos sobre la vida salvaje en los últimos 100 años es tan grande que hemos perdido la mayoría de los mamíferos que sobrevivieron a la transición del Pleistoceno al Holoceno". En este sentido, los humanos están teniendo el efecto que en el pasado tuvieron cataclismos como las glaciaciones o algún que otro meteorito.

Sin embargo, hay quienes consideran que el nuevo tiempo, el de los humanos (el sufijo -ceno viene del griego nuevo), aún no ha llegado. A muchos científicos les parece pretencioso denominar un periodo geológico con el nombre de uno de los seres que lo viven por muy humano que sea. Otros reconocen el papel central de nuestra especie, pero, añaden, es un rol que los humanos llevan ejerciendo al menos desde que las benignas condiciones climáticas que iniciaron el Holoceno favorecieron la expansión humana. Es decir, este nuevo tiempo habría empezado tras la última glaciación y no con la primera bomba atómica.

Esa es la tesis del geólogo estado­unidense George Klein, fallecido recientemente. Ya en el título de uno de sus últimos escritos lo deja claro: Antropoceno. ¿Cuál es su utilidad geológica? (Respuesta: ninguna). En este texto, Klein reconoce los impactos humanos, pero duda de que sean realmente globales y menos aún perdurables en el tiempo.
"¿Cuál es el potencial de conservación a largo plazo de cualquiera de los criterios que definirían el llamado Antropoceno? Probablemente sea pequeño ya que la mayoría de los estudios que recogen pruebas de las alteraciones humanas se han hecho en áreas geomórficas que son en su mayoría erosionables".

Pero que rocas como las de Tunelboka desaparezcan sin dejar rastro no hará que se borre el impacto de los altos hornos, de los trabajadores que los hacían funcionar, del capital amasado con aquella industria, de toda la historia humana y natural que hay detrás de ellas.

A otros científicos, en su mayoría sociales, lo que les incomoda es el nombre y lo que pueda esconder detrás. La profesora de historia de la Universidad de Stanford (EE UU) Gabrielle Hecht publicó en febrero un ensayo en el que, partiendo de la realidad africana, del verdadero papel de los africanos en los cambios globales, se preguntaba por los protagonistas o causantes del Antropoceno.
"Lo que critico es una noción del Antropoceno que atribuye el cambio ecológico a toda la humanidad, sin tener en cuenta la geopolítica o las dinámicas de poder de la desigualdad".

Cambio climático.

Como sucede con el cambio climático (quizá la prueba definitiva de la nueva época), buena parte de la comunidad científica insiste en que el reparto de responsabilidades ha de ser desigual puesto que, tanto en el calentamiento como en los perfiles más duros del Antropoceno, las sociedades occidentales y su progreso tienen más que ver que las comunidades tradicionales de África, Asia o América.
"Creo que esta versión del Antropoceno sirve para perpetuar la idea de que bastarán unas soluciones tecnológicas para remediar la situación actual del planeta, parches que a menudo son ideados y diseñados por científicos e ingenieros del norte y ofrecidos al conjunto del sur como la solución sin tener en cuenta el conocimiento, necesidades y medio ambiente locales", sostiene Hecht.

Sin embargo, la tecnología aparece como una de las soluciones a los problemas de la nueva era. En su libro, el profesor Arias recoge los dos caminos alternativos que tienen los humanos ante sí. Por un lado, acelerar, aprovechar la inventiva humana, la ciencia y la tecnología para salir del atolladero. Por el otro, todo lo contrario, echar el freno, reducir el ritmo de crecimiento económico y rebajar así el abuso de los recursos naturales y, si es necesario, jubilar el capitalismo. Pero el decrecimiento no parece una idea atractiva. Arias recoge un fragmento de un libro escrito por el profesor de la Universidad de Leeds (Reino Unido) Jeremy Davies. En The Birth of the Anthropocene, Davies escribía:
"Terminado el Holoceno, si queremos preservar los derechos y placeres civilizados de los que hemos disfrutado durante aquel, no digamos extenderlos generosamente a más personas, será necesario adaptarlos a unas condiciones ecológicas radicalmente alteradas. He aquí el problema político del Antropoceno".
La necesaria adaptación tendrá que partir de la disolución de la dicotomía tradicional entre lo público y lo privado. Arias lo expresa así:
"Acciones consideradas tradicionalmente como privadas —ducharse, comer, conducir, tener hijos— generan ahora consecuencias públicas, en la medida que contribuyen a la disrupción de unos sistemas planetarios de los que depende la vida de todos".

Para resolver este problema, el filósofo y profesor de la Universidad de Nueva York Dale Jamieson cree necesaria una nueva ética.

"En un mundo en el que conducir para recoger a tu hija del partido de fútbol contribuye al cambio climático, tenemos que afrontar el hecho de que la distinción liberal entre esfera pública propia para la acción del Estado y una esfera privada donde puedo hacer lo que quiera ya no se mantiene. O rehacemos la distinción o la abandonamos en favor de alguna otra que preserve los valores de libertad". Es tan fácil, según él, como "alinear nuestras acciones con nuestros valores".

*****

sábado, 26 de mayo de 2018

ECOLOGÍA SOCIAL: ¿EL CAMBIO CLIMÁTICO CREARÁ MÁS MIGRANTES QUE LAS GUERRAS?.

&&&&&

EL CALENTAMIENTO Y SUS RESPONSABLES.- La investigadora del Conicet Inés Camilloni, advierte que para hacer frente al cambio climático es necesario una transformación cultural y alerta sobre los intereses en juego.
“Hacer frente al cambio climático implica una transformación cultural”, señala Inés Camilloni, que analiza las modificaciones de los fenómenos atmosféricos a partir de la comprensión de los aspectos sociales y éticos que se ponen en juego. En el ámbito internacional, los países firman consensos que nunca se respetan del todo; mientras que en el escenario local escasean las políticas públicas capaces de instrumentar transformaciones para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y delimitar los aumentos de las temperaturas. 

–¿Siempre hubo cambio climático? 
–Sí, claro, el clima siempre cambió. Los climatólogos definimos al cambio climático como un proceso de variación significativa del clima durante un período largo (del orden de algunas décadas). La discusión, entonces, es en torno a establecer a cuánto tiempo nos referimos. Tras la Revolución Industrial, hacia finales del siglo XIX, los especialistas finalmente generaron instrumentos de medición fiables y comenzaron a evaluar las transformaciones que percibían. 

–¿Cómo era el clima en tiempos de Revolución Industrial?

–No era muy distinto a lo que es ahora. Sin embargo, es significativo observar cómo se modificó todo el esquema a partir del uso intensivo de los combustibles fósiles. Antes hubo variaciones en el clima, durante el Holoceno –período que comprende los últimos 11 mil años– se modificó con oscilaciones de un grado por encima o por debajo del promedio. 

–¿De qué manera analizan las variaciones en el clima?

–A partir de las observaciones y el examen de datos, que no solo comprenden a la temperatura sino también a todas las variables que describen a clima. Analizamos, por ejemplo, cómo la lluvia, la velocidad del viento, la nubosidad y la presión evolucionaron a través del tiempo y si efectivamente causaron una variación significativa (en términos estadísticos) digna de destacar. Utilizamos tecnologías provistas por la matemática que nos permiten demostrar cómo los promedios de las temperaturas del período 2000-2010 difieren en comparación a décadas precedentes. 

–¿Por qué, todavía, se discuten los efectos de las acciones humanas en el cambio climático cuando hay evidencia científica suficiente como para poder comprobarlo?

–Hay intereses subyacentes. Existe una industria muy fuerte vinculada a la explotación de combustibles fósiles, a la que le conviene deslindar el uso intensivo del petróleo como responsable del cambio climático. Aunque esas voces sigan siendo minoritarias, al ocupar espacios de poder y ámbitos económicos importantes, tienen visibilidad. No obstante desde el punto de vista científico, no hay un solo investigador que exculpe al ser humano. Hoy la temperatura promedio de la Tierra se halla 1.1°C respecto al período industrial (1880-1900).  Fuente Página/12. Diciembre del 2017.
/////


OVAIS SARMAD, secretario ejecutivo adjunto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, durante su conferencia en Buenos Aires, durante el encuentro para estudiar las emergencias provocadas por ese fenómeno, en el marco de la presidencia de Argentina del Grupo de los 20. Crédito: Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales.
***
 
ECOLOGÍA SOCIAL: ¿EL CAMBIO CLIMÁTICO CREARÁ MÁS MIGRANTES QUE LAS GUERRAS?.

*****

Daniel Gutman.

IPS.

Sábado 26 de mayo del 2018.

BUENOS AIRES, 16 mayo 2018 (IPS) - El cambio climático es uno de los principales impulsores de las migraciones y lo será cada vez más. Incluso tendrá un papel más significativo como generador de desplazamientos de personas que los conflictos armados, que hoy provocan enormes crisis de refugiados.

Así lo advirtió el secretario ejecutivo adjunto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), Ovais Sarmad, quien estuvo en Buenos Aires para participar en un encuentro de figuras internacionales y altos funcionarios del gobierno argentino, este miércoles 16 para analizar los impactos de ese fenómeno.

“Yo pongo el ejemplo de los conflictos en Siria y África subsahariana, que recientemente provocaron que millón de refugiados y migrantes ingresaran a Europa, lo que es una cuestión de importancia política”, dijo Sarmad a IPS.

“Pero el impacto del cambio climático va a hacer que ese millón parezca un número pequeño, porque hay trescientos o cuatrocientos millones de personas que viven en países en desarrollo en zonas bajas, cerca del mar. Y si el nivel del mar sube, esas personas van a tener que moverse”, agregó.

Sarmad, de nacionalidad india, es un especialista en comercio y gestión financiera, con estudios de postgrado en Londres, que durante 27 años trabajó en la Organización Internacional de Migraciones (OIM).

Fue jefe del Equipo del Director General de la OIM hasta el año pasado, cuando el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, lo nombró como número dos de la CMNUCC.

“Ese movimiento no será solamente nacional; la gente se moverá a otros países. Uno de los ejemplos es Kiribati, una pequeña isla en el océano Pacífico que tiene unos 100.000 habitantes y va a desaparecer en unos pocos años. ¿Qué pasará con esa población?”, se preguntó Sarmad en un encuentro con cuatro periodistas, entre ellos IPS.

¿Se puede hablar, en sentido estricto, de refugiados climáticos? La comunidad internacional hasta ahora no ha convalidado esa definición, pero Sarmad cree que el tema debería considerarse, por realidades como el aumento del nivel de mar, los huracanes cada vez más destructivos o las pertinaces sequías.

“En muchos países del mundo los agricultores son los más afectados por las sequías y se moverán. Con sus animales, sus familias o lo que sea. Y luego… no tendrán muchos lugares adonde ir. El mundo es uno solo y no pueden irse al espacio”, comentó el especialista.

En ese sentido, consideró que el mundo debe ser “solidario” y “no cerrar las puertas” ante quienes se desplacen debido a los eventos extremos del clima.

El diplomático indio fue el invitado estelar del encuentro Planeamiento, Riesgo y Respuestas frente a la Emergencia del Cambio Climático, organizado en el marco del llamado “Think 20 (T20)”, que reúne a organizaciones académicas e investigadores del Grupo de los 20 (G-20).

El T20 está estructurado en 10 grupos de trabajo, uno de los cuales se ocupa de cambio climático e infraestructura para el desarrollo.

Su misión es elevar recomendaciones de política públicas al G-20, el grupo de países industrializados y emergentes que engloba 66 por ciento de la población mundial y 85 por ciento del producto interno bruto mundial.

Argentina ocupa durante este año la presidencia del G-20, que concluirá a fin de año con la cumbre que congregará en Buenos Aires a los principales jefes de Estado y de gobierno del mundo.

La cuestión del cambio climático es especialmente conflictiva en el G-20, ya que el año pasado, durante la presidencia alemana, Estados Unidos no adhirió al Plan de Acción sobre del Clima consensuado por el resto, lo que llevó a muchos a concluir que el G-20 se había convertido en el Grupo de 19+1.

Este país quiere mostrarse activo ante la comunidad internacional en la batalla contra el cambio climático, aunque no puso el tema como una de las prioridades del G-20 para este año, para evitar conflictos.

Los temas principales elegidos por el gobierno de Mauricio Macri son: El futuro del Trabajo, Infraestructura para el Desarrollo y Un Futuro Alimentario Sostenible.

El ministro argentino de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Sergio Bergman, reconoció al participar en el encuentro del T20 que Argentina necesita cumplir sus compromisos asumidos en el marco del Acuerdo de París sobre cambio climático.

Ese acuerdo vinculante que establece las medidas planetarias para luchar contra el cambio climático fue adoptado durante la 21 Conferencia de las Partes de la CMNUCC, en diciembre de 2015, y considerado como un logro histórico, hasta que la administración estadounidense de Donald Trump lo abandonó en 2017.

Argentina necesita mantener esos compromisos, entre otras cuestiones porque está solicitando su ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

“Queremos entrar a la OCDE y para ello tenemos que asumir nuestras obligaciones y rendir examen”, dijo Bergman, quien agregó: “Luego de lo que pasó en Alemania el año pasado, el desafío es cómo metemos a los 20 integrantes del G-20 en el documento final”.

Junto a Bergman también participó en la cita del T20 el ministro de Defensa, Oscar Aguad, quien en cierta forma fue el anfitrión porque la reunión se realizó en la Universidad de la Defensa Nacional.

Esta institución estatal tiene a su cargo la formación de militares y civiles y el cambio climático es una de sus áreas destacadas de investigación.

Los planteamientos de Sarmad en Buenos Aires dejaron en claro que objetivo de la CMNUCC es que Argentina, como presidente del G-20, impulse compromisos en el ámbito de cambio climático.

“El G-20 tiene que tener el liderazgo político e incluir en sus recomendaciones de este año que el Acuerdo de París debe ser instrumentado, porque si no será un lindo Acuerdo, pero quedará en un estante”, dijo en la conferencia magistral que dio durante el encuentro, ante un centenar de asistentes, muchos de ellos funcionarios públicos.

Sarmad dijo que, a pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional contra el cambio climático, en 2017 hubo un incremento de las emisiones de gases de efecto invernaderos, tras haber disminuido los tres años precedentes.

La razón, afirmó, ha sido un incremento en el consumo de combustibles fósiles.

Lo corroboró otro participante en el encuentro del T20, el maliense Youba Sokona, especialista en energía y vicepresidente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, en inglés).

Sokona destacó que detrás está el problema de que las energías renovables han reducido su precio en los últimos años, pero las fósiles todavía son más baratas.

“Los costos de las energías renovables son elevados no solo para los países en desarrollo. Incluso Alemania, cuando decidió poner un freno a la energía nuclear, tuvo que recurrir al carbón”, dijo Sokona, quien reveló que el IPCC enfrenta problemas de financiamiento por el retiro del apoyo económico de Estados Unidos.

“Es interesante que nos reunamos en este tipo de conferencias para hablar de cambio climático, pero hay otras muchas cosas que podemos hacer. Debemos actuar porque existe sufrimiento en el mundo, especialmente de parte de mujeres y niños, que son las poblaciones más vulnerables”, analizó, por su parte, Sarmad.

“No hay ninguna cuestión a nivel internacional aparte de la seguridad y la proliferación nuclear que sea más importante que el cambio climático”, concluyó.

Edición: Estrella Gutiérrez.

*****